sábado, 15 de diciembre de 2007

Nostalgia

Esta mañana revisando mi correo electrónico me he encontrado con este video. Me lo ha enviado un amigo al que hace tiempo que no veo. No he dejado de sonreir, de recordar, de saborar ... Dios, me he sentido como una cria otra vez, y al final te queda un sabor agridulce en el paladar, el sabor a nostalgia.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Galicia


Que puedo decir de Galicia. Que puedo decir de una tierra que es conocida por sus misterios, por su embrujo, sus meigas; de una tierra verde que bebe de sus rías el elixir de la eterna juventud haciendo que parezca un ser vivo lleno de contrastes. De lo eterno a lo caduco, de lo nuevo a lo viejo, del sabio al aprendiz que como yo, queda enganchado a la nostalgia de sus paisajes, su vino, su gente.

Los lugareños que allí he conocido y que vuelven en un trocito de mi corazón, donde se halla la gratitud eterna, me decían una y otra vez "Ahora no es la mejor época para ver Galicia verde" "Si hubieras venido en primavera ..." Pero para alguien que se asoma allí por primera vez, desde la otra punta del país, desde el sur de España marrón y seco de estos días, era todo tan distinto, tan diferente, que el simple hecho de ver los árboles cargados de un colchón de musgo, que los abraza y protege de todo, me hacía imaginar de qué me estaban hablando.
A pesar de lo que me dijesen, creo que he sido afortunada. Cuando entré por fin en tierras gallegas, hicimos el viaje en coche, nueve horas aproximadamente (sí, hay que tener valor y muchas ganas), una tupida manta de verde se difuminaba en el horizonte confundiéndose con manchas marrones, amarillas, rojas, muy rojas ... una paleta de colores a tamaño natural que alguien con muy buen gusto había esparcido para darle vida aún en el letargo otoñal. Las casas en las laderas, humeantes de chimeneas, piedra y madera, hacían parecer todo un ficticio paisaje de mi imaginación, de mis sueños, de aquellos que son buenos sueños, y no deseas que terminen nunca.

Una de las cosas que más me impactó durante el trayecto fue un tramo de autovía donde el asfalto cantaba. Sí, cantaba. Cantaba una dulce melodía que de estar en el mar hubiéramos asociado rápidamente al canto de las sirenas. Al principio pensábamos que era el viento. Abrimos la ventanilla, ni una brizna de aire golpeaba nuestro entorno. Los árboles parecían estatuas vivas que, sin moverse, mataban nuestra primera teoría haciéndonos pensar que era el suelo mágico que empezábamos a pisar lo que rugía bajo nuestros pies.

Después llegaron los saludos, las presentaciones, el albariño, la buena mesa, las risas, más paisajes, plazas, Santiago ... y un sin fin de cosas que solo agotan cuando has regresado. Allí, a pesar de que más de una vez se abrían las bocas y mirábamos de reojo la cama con deseo, las ganas de embriagarte de la tierra de los mitos, los deseos y la queimada eran aún mayores.

Y vuelvo a mi quehacer diario, al trabajo, a las caravanas tras la salida de este, al murmullo de voces ajenas en la calle enardecidas por la prisa navideña ... pero nadie podrá robar del rincón de mi memoria los olores, colores, momentos y sentimientos vividos estos días, aunque sí, Pitufo, hayan sido muy pocos.

martes, 11 de diciembre de 2007

Letargo

La semana pasada tuve una de las peores semanas en el trabajo que recuerdo. Hacía tiempo que no salía tan cansada que me dejase sin ganas de nada, sin ganas de escribir incluso. El puente lo he pasado de viaje, fuera de casa. He estado en Galicia, no conocía esa tierra, me ha hechizado.
Es este el motivo de que haya dejado el blog estos días tan abandonado. Desde que regresé de viaje vivo en un continuo letargo, los últimos dos días los ha pasado mi cuerpo exigiéndome el sueño que en él estaba acumulado, y que yo me he empeñado en no saciar robándole horas a la noche que no eran consumidas durante el día ni tan siquiera en una liviana siesta de media hora tras la comida.
Mañana vuelvo al trabajo, estos días de descanso me han sentado de maravilla. Volveré también a este blog, y las letras saldrán de nuevo entre mis dedos, mis nervios, mis impulsos ... para contar lo que me pase por la cabeza.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Volver a empezar

El otro día pululando por el blog de Pipilota, y a raíz de uno de sus post, surgió un comentario en el que no sé cómo, acabé contando una anécdota que me había ocurrido cuando era pequeña con mi madre y el tema de la existencia de los reyes magos. Posteriormente, leí el comentario que ella había hecho al respecto que concluía diciendo: Tu madre es genial ;)
Últimamente he estado pensando acerca de la opinión que nos formamos de los demás a raíz de la información que recibimos de ellos. A mi nunca me ha gustado formarme una opinión precipitada de alguien, incluso me gusta dar segundas oportunidades a la gente que, en una primera impresión, no ha terminado de empatizar conmigo, trato de encontrar algo más que yo no he visto. Muchas veces ocurre que no es el día más apropiado para conocer a alguien nuevo, que no se ha dado la conversación más oportuna para que dos personas encajen de alguna forma.

En mi familia somos muchos hermanos, una familia numerosa de las de antaño. No somos del Opus ni nada de eso, como hoy se tiende a pensar cada vez que la cifra en el número de hermanos asciende de cuatro miembros, es que somos eso, una familia de antes. Mis padres son mayores ya, y en su época de procreación era bastante habitual constituir una familia numerosa. Las anécdotas que a mi me unen a mis padres son diferentes a las que les unían a mis hermanos mayores. Hemos vivido etapas diferentes, tanto sociales como políticas y económicas, en casa y fuera de ella, tanta mente viviendo junta produce muchas ideas, que a veces chocan las unas con las otras.
El hecho es que pensé que si en vez de contar yo la anécdota hubiese contado una de las suyas alguna de mis hermanas, quizá el comentario hubiera sido diferente. No porque el lector se hubiese dejado influenciar por mi, sino porque para mi, la heroína de mi historia era mi madre, y no yo, y ella es la que quedó ensalzada. Quizá en otra historia el comentario hubiese sido "Qué fuerte" o "No me lo puedo creer" o "¿Eso te hizo?" ...
No es que no me hayan ocurrido cosas criticables con respecto a mi madre, sí que han ocurrido, pero más allá de todas ellas me queda una persona luchadora, que ha cambiado con los años, que ha evolucionado con nosotros. Una persona a la que le cuesta hablar de sentimientos pero que, si le das la oportunidad, puede darte una lección de vida, una lección que quedará siempre en ti.

Una de mis hermanas, con la que he hablado bastante acerca de mi madre y lo que significa para cada una, los recuerdos que tenemos, se siente dolida con ella, al menos esa es la impresión que me da a mi en muchas ocasiones. Eso no significa que no la quiera, que no la ame con toda su alma, precisamente el dolor viene en muchas ocasiones de amar mucho a alguien que en algún momento no ha actuado como esperábamos de ella, y con la decepción viene el dolor, no el desamor.
Es evidente que sus experiencias han sido diferentes a las mías, quizá las mías hayan sido incluso más fáciles (por llamarlas de alguna manera) porque ella luchó antes que yo por ser ella misma, y eso abrió un poco más las puertas para que mi madre entendiese ciertas posturas con respecto a mi. El caso es que esa lucha se ha llenado en ocasiones de dolor, y ese dolor se ha llenado de anécdotas en las que no sale muy bien parada. Los amigos de mi hermana, sus seres más cercanos, tienen un concepto de mi madre totalmente diferente al que tienen los míos. Su trato con ella también es diferente al de mis amigos.
Pero, estamos hablando de la misma persona, ni yo miento en lo que digo ni ella miente en lo que cuenta. Ambas cosas ocurrieron y ambas ocurrieron con la misma persona, lo único que varía en esta historia es que los demás no hayan visto a alguien sin los prejuicios, positivos o negativos, que han llegado a sus oídos.

Los prejuicios no nos dejan avanzar, nos convierten en seres estancados que nos niegan la posibilidad de descubrir a alguien distinto con la misma cara. Es como cuando dejas tu ciudad y te vas lejos, a vivir, a trabajar, a estudiar ... allí conoces otra gente, tienes otras ideas, creces y superas los obstáculos que te impedían crecer, y te sientes a gusto contigo misma. De pronto un día vuelves, y ves a los de siempre, que te hablan como siempre, te tratan como siempre ... y tu sientes que nada ha cambiado, que nada cambiará mientras estés allí, que allí serás el mismo ser cargado de complejos que eras antes de marcharte. Creo que nada de eso ocurre cuando desaparecen los prejuicios, cuando desde el yo que eres ahora miras con nuevos ojos a los que dejaste atrás, cuando los que dejaste atrás encuentran en ti a otra persona y tratan de conocerla, olvidándo lo que antes veían en ti y que les incitaba a comportarse contigo de la manera que lo hacían.

No me importa las decisiones que mi madre tomase en un pasado porque tampoco me gustaría que alguien me juzgase a mi por las que yo tomé. Me gusta quedarme con la persona que es hoy, me gusta recordar lo que me enseñó y que hace que hoy sea lo que soy. No puedo hacer que los demás, basados en sus propias experiencias, tengan el mismo concepto que yo tengo de ella, pero me gustaría que se tomasen un tiempo para tomarse un café con ella y conocerla como persona, a la que es hoy, y luego formasen una opinión caduca que dure tan solo un día, para a la mañana siguiente, volver a empezar.

lunes, 26 de noviembre de 2007

El planeta no puede estar de acuerdo


Una grua gigante bloqueaba hoy una de las avenidas principales de este mi lugar de vida habitual. Cargaba uno de los enormes árboles navideños que están poniendo por todas partes. Todo son luces, colores, arbolitos y flores de pascua por doquier. Las conservas del super han dejado su sitio a los dulces de Navidad. Los turrones lo invaden casi todo, y la gente compraba este fin de semana como si el mundo fuera a acabarse. Siempre he pensado que si tuviese que ocurrir una catástrofe mundial la mejor época era la Navidad. Así al menos nos pillaría a la mayoría surtidos de comida, congelados y dulces super extra calóricos durante los primeros meses del años.
La Navidad ha llegado casi oficialmente. Aqui nos hemos dado cuenta por las bombillas que alumbran los comercios, por el abundante color rojo y verde que decora las calles, por las enormes gruas que traen árboles artificiales y las colas en los supermercados. Si no fuese por ese despliegue de objetos y comida a mansalva no habríamos tomado quizá conciencia de ello hasta, no sé, quizá hasta el 22 de Diciembre y su gordo de la loteria, que es cuando para mi empieza realmente la Navidad.
El tiempo, al menos por estos lares, no ayuda al consumismo exacerbado. El clima aqui es templado, nada de paisajes llenos de nieve, de gente con grandes abrigos y bufandas. Nada de nariz colorada, de guantes ... aqui hace sol, de vez en cuando llueve, sí, pero como si callese aún una tormenta de verano. Aqui hace sol, mucho, y pica, e incita a cerveza, a tapa, a paseos por la playa, pero no al turrón.

El clima está cambiando, entre otras cosas el uso de miles de millones de pequeñas bombillas alumbrando la cara rica del planeta no ayuda demasiado a que la navidad sea ese remanso de prosperidad y paisajes blancos que nos proponen. El clima está cambiando y su venganza es darnos un sol bestial en pleno Noviembre y un frio extrañamente atípico en las noches de agosto. Después de todo, no podemos esperar que colabore con nuestras fiestas de paz, amor y respeto cuando sabe que él será una de las consecuencias de que mientras reimos y disfrutamos del lujo que nos rodea, usemos el planeta como el contenedor de nuestros inútiles caprichos.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Bipolar


Pensamos, pensamos continuamente, la mente no descansa nunca. Pensamos lo que hemos de comprar para mañana, lo mal que nos ha salido el examen, las palabras recién oídas, las que nos dijeron ayer; pensamos el tiempo que nos queda para salir del trabajo, las ganas que tenemos de verle, pensamos para hablar, hablamos y pensamos qué hemos dicho.
Nuestra cabeza da a veces tantas vueltas, a tantas cosas; da tantas vueltas sobre las mismas cosas que nos hemos acostumbrado a ella, a escucharla, a que ella juzgue por sí misma como un ente independiente, como una conciencia automática a la que echarle la culpa cuando nuestros actos son reprobados por alguien, incluso por nosotros mismos: "Perdona, no sé en qué estaba pensando" "No sabía lo que hacía, se me fue la cabeza" ...
Es absurdo culpar a algo que somos nosotros mismos, que nos dicta el camino a seguir porque somos nosotros mismos los que tomamos las decisiones, no un ser lánguido y transparente ser que vive en las profundidades de nuestro cerebro, con vía directa a nuestros oídos, y que nos sopla la decisión a tomar, el camino a seguir.
A veces pienso que somos adictos a la bipolaridad, a las dos caras de la moneda, al ángel y al diablo que se posan en nuestros hombros a la hora de tomar una decisión, adictos porque somos criados en la continua tesitura de lo que queremos hacer y lo que nos dicen que debemos hacer. Con los años, llega el día en que tú, y solo tú, eres dueño de tus decisiones, de escoger el camino que debes seguir ... pero necesitas de esa bipolaridad, de esa dualidad ambigua que formamos en nuestra cabeza llamando conciencia a la que siempre acierta, locura a la que es impulsiva y suele equivocarse.
Yo quiero equivocarme, quiero equivocarme, quiero equivocarme ... y saber qué he sido yo la que me he equivocado, no ha sido el momento, no han sido las prisas, no han sido dos copas de más; saber que he sido yo, y que si te equivocas, la mayoría de las veces, puedes rectificar.
No soporto los dolores de cabeza procedentes de días dándole vueltas a las cosas por miedo a equivocarte ¿Quien dice que no necesitas equivocarte para hallar el camino correcto?

martes, 20 de noviembre de 2007

La clave


Me gustaría que alguien inventase un transcriptor de pensamientos, un aparato capaz de transcribir tus pensamientos al papel, tal y como asoman a tu cabeza, tal y como los piensas. Con sus exclamaciones indicando sorpresa, tristeza; con las dudas, con los interrogantes, los puntos suspensivos ... Ayer pasaron miles de cosas por mi cabeza, cosas que me gustaría que quedaran en alguna parte recogidas, dejarlas en un lugar de la memoria supone para mi el mismo riesgo que guardar unas fotos privadas tan profundamente que luego ni yo misma soy capaz de encontrarlas. La memoria y sus malas pasadas, acabas encontrando aquello que llevabas meses buscando justo en las manos de la persona de la que escondías lo que buscabas (esto es un recuerdo bastante antiguo referente a unas fotos un tanto divertidas (para mi), obscenas (para mi madre) que por supuesto yo escondí en mi habitación y acabó encontrando ella, no es que yo vaya escondiendo mis cosas a diestro y siniestro, no tengo tanto que ocultar).
El hecho es que las cosas en nuestra cabeza suelen tener más sentido que cuando decidimos escribirlas, en parte creo que ahí radica la magnificencia del buen escritor, en contarnos algo lo más parecido posible a como lo sintió, o como lo sentimos los demás, en el caso de que sea algo común, que suele ocurrirnos de manera parecida al resto de los mortales, como ... no sé, enamorarnos.
Hay días, como ayer, en que pienso miles de cosas, miles de dudas, de controversias, de estados de ánimo, de recuerdos; miles de cosas que veo, que oigo, que me cuentan, pasan por el filtro que mi mente establece y me apetece que queden reservadas en algún lugar, porque sé que algún día, al menos a mi, me gustaría retomarlas. Entonces se me pasa por la cabeza la escritura, el contar qué es aquello que estoy sintiendo y pensando ante millares de estímulos que, en ese día, me afectan más que nunca, quiero escribir los acontecimientos como si pudiera transformar las palabras en fotografía y el texto en un vídeo que fuese capaz de transmitir las cosas más allá de la idea, más allá del hecho. Pero no puedo, ayer no lo logré. Tampoco me puse ante el teclado e intenté transmitir lo que sentía en ese momento, porque las cosas, los sentimientos cambiaban al compás de los minutos. Ni siquiera lo intenté, sabía que no podría expresar lo que en mi cabeza cabalgaba libremente, y en parte, aunque hoy me gustaría que estuviese ahí, tampoco creo que sea fácil atrapar pensamientos y sentimientos que fluyen, que están vivos, que se transforman continuamente para pasar a otra cosa diferente, que centra de nuevo toda tu atención.

Ayer pensé miles de cosas, y no fui capaz de ponerme ante el teclado y dejar que mis pensamientos fluyesen desde mi cabeza hasta mis manos para que estas teclearan. Probablemente no hubiese conseguido transmitir lo que pensaba, aunque quizá hubiese descubierto la clave que usa nuestra mente para materializar en palabras sentimientos tan profundos que no encuentran palabras para ser descritos.